miércoles, 1 de febrero de 2012

LA SILLA

La hija de un hombre le pidió al sacerdote que fuera a su casa a hacer una oración por su padre, que estaba muy enfermo. Cuando el sacerdote llegó a la habitación del enfermo, encontró al hombre en su cama con la cabeza alzada por un par de almohadas. Había una silla al lado de su cama, por lo que el sacerdote asumió que el hombre sabía que vendría a verlo.

- Supongo que me estaba esperando -le dijo.

- No, ¿quién es usted? -dijo el hombre.

- Soy el sacerdote que su hija llamó para que orase con usted -contestó-. Cuando vi la silla vacía al lado de su cama supuse que usted sabía que venía a verlo.

-¡Oh, sí, la silla! -dijo el hombre enfermo-.¿Le importa cerrar la puerta?

El sacerdote sorprendido la cerró.

- Nunca le he dicho esto a nadie, pero... toda mi vida la he pasado sin saber cómo orar. Cuando he estado en la iglesia he escuchado siempre al respecto de la oración que se debe orar, los beneficios que trae, etcétera, pero siempre me entró por un oído y me salió por otro, pues no tengo idea de cómo hacerlo; entonces, hace mucho tiempo abandoné por completo la oración. Esto ha sido así en mí hasta hace unos cuatro años, cuando conversando con mi mejor amigo me dijo: "José, esto de la oración es simplemente tener una conversación con Jesús. Así es como te sugiero que lo hagas... Te sientas en una silla y colocas otra entrente de ti. Luego con fe mira a Jesús sentado delante de ti. No es algo alocado el hacerlo, pues Él nos dijo: 'Yo estaré siempre con vosotros'. Por lo tanto, le hablas y lo escuchas, de la misma manera que lo estás haciendo conmigo ahora". Es así como lo hice una vez y me gustó tanto que lo he seguido haciendo unas dos horas diarias desde entonces. Siempre tengo mucho cuidado de que mi hija no me vea, pues me internaría de inmediato en una casa de locos.

El sacerdote sintió una gran emoción al escuchar esto y le dijo a José que era muy bueno lo que había estado haciendo y que no cesara de hacerlo. Luego hizo una oración con él, le extendió una bendición y los santos óleos y regresó a su parroquia.

Dos días después, la hija de José llamó al sacerdote para decirle que su padre había fallecido. El sacerdote preguntó:

- ¿Falleció en paz?

- Sí -contestó ella-, cuando salí de casa a eso de las dos de la tarde, me llamó y fui a verlo a su cama;me dijo lo mucho que me quería y me dio un beso. Cuando regresé ya lo encontré muerto. Pero hay algo especial en su muerte: justo antes de morir se acercó a la silla que estaba al lado de su cama y recostó su cabeza en ella. ¿Qué cree usted que puede significar esto?

El sacerdote se secó las lágrimas de los ojos y le respondió:
- Ojalá que todos pudiésemos irnos de esa manera.

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