jueves, 28 de marzo de 2013

JUEVES SANTO: JESÚS EN GETSEMANÍ


La agonía de Jesús en Getsemaní es una narración llena de vida y de energía. "Agonía" significa lucha y  combate. Cada evangelista nos ha transmitido detalles propios que enriquecen la contemplación de la escena. Son cuatro retratos diferentes de un mismo personaje: Jesús que sufre y que ora.

Jesús oró muchas veces en su vida; pero ahora su oración reviste un carácter único y trascendental de combate y de lucha: se trata de aceptar el sacrificio de su propia vida, a pesar del dolor que eso implica. Jesús no quiere estar solo. Quiere testigos, pero desea una compañía reducida, más íntima que la de los Doce; por eso toma consigo sólo a Pedro, Santiago y Juan, los discípulos preferidos (cf. Mc 5,37; 9,2).
Jesús "comenzó a sentir pavor y angustia", y una "tristeza mortal". La intensidad de ese dolor hace que Jesús se aparte aun de los tres amigos, para hundirse él solo en una plegaria a su Padre. Las actitudes y palabras de Jesús, con ser parecidas, presentan sin embargo matices diferentes en cada uno de los evangelistas.

Marcos escribe: "Caía sobre la tierra y oraba...: '¡Abbá, Padre, todo te es posible; aparta este cáliz de mí. Pero no lo que yo quiero, sino lo que tú!'". Mateo, por su parte, afirma: "Habiéndose adelantado un poco, cayó sobre su rostro, orando y diciendo: '¡Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Sin embargo, no como yo quiero, sino como tú!'". Y Lucas observa: "Habiendo doblado las rodillas, oraba diciendo: '¡Padre, si quieres, aparta este cáliz de mí. Sin embargo, no se haga mi voluntad, sino la tuya!'".

La lucha interior de Jesús, su intensa oración y su enorme sufrimiento fueron tan hondos, que"su sudor se hizo como gotas de sangre que caía sobre la tierra". Dos fueron los motivos que causaron el terrible sufrimiento de Jesús.

Primero: Jesús sufrió con pavor, angustia y tristeza, al presentir su muerte: una muerte próxima y terriblemente infame, que pondría término violento a su existencia en la plena madurez de su vida, y que sería fraguada por sus enemigos. Jesús siente, en efecto, que es "la hora de ellos y del poder de la Tiniebla" (Le 22,53).

Segundo: Jesús sufrió sobre todo "en su espíritu"; lo que pasó en el alma de Jesús durante esa agonía es secreto exclusivo de él y de su Padre. Su oración y sus sufrimientos tuvieron un carácter salvífico. Jesús sabía que su Padre le había confiado una misión dolorosa y redentora, figurada en la del Siervo de Yahveh. En varias ocasiones él había presentido ese destino de dolor y lo había predicho; y en los últimos días ese presentimiento se había agudizado (Me 8,31; 10,32-34; 12,1-12; 14,8.17-31).

El cáliz es en el AT una metáfora que sirve para designar un castigo de la cólera divina. Cuando en su oración Jesús alude al cáliz y lo acepta, está aceptando voluntariamente que sobre él caiga el juicio que normalmente debería caer sobre sus hermanos los hombres a causa de sus pecados. Jesús está exento de pecado, pero si sufre por los pecados de los demás, su sufrimiento es entonces vicario y redentor (Cf. Cat. Igl. C. n. 612).

Nuevamente aquí se dibuja la misión de Jesús, Sacerdote y Víctima, que se entrega para la salvación de los hombres, derramando su sangre. El autor de la Epístola a los Hebreos escribirá: "Si la sangre de machos cabríos santifica los contaminados..., ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu Santo se ofreció a sí mismo inmaculado a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo!" (Hb 9,14).

El ángel del cielo que viene a confortarlo es signo de la asistencia soberana y llena de amor del Padre para su Hijo Jesús, en este momento trágico de su vida. El no está solo. ¡Adelante! ¡A la lucha y al triunfo; al combate y a la victoria!

Juan no ha narrado la oración de Jesús; pero lo presenta en perfecto dominio de sí mismo y con toda la autoridad de su fuerte personalidad. Él es quien guía los acontecimientos. Todo depende de él. Por eso, cuando llegan a prenderlo, él mismo sale al encuentro de la gente y pregunta: "¿A quién buscáis?". Al saber que es a él a quien buscan, responde con un "¡YO SOY!" lleno de majestad divina, que hace caer por tierra a los que van a prenderlo. Esto quiere decir que al Verbo-hecho-carne nadie le puede echar mano. Si Jesús es aprendido, es porque él mismo se entrega voluntariamente. Y se entrega porque ésa es la voluntad de su Padre. El, como buen pastor, va a dar libremente su vida por sus ovejas (Jn. 10,18); por eso precisa: "Si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos". Así se cumplía lo que había dicho: "No he perdido a ninguno de los que me has dado" (Jn. 18,8-9).

Salvador Carrillo Alday, El Señor es mi pastor, Pp. 154-157.

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