domingo, 10 de julio de 2011

RECETA PARA UN FELIZ VERANO

RECETA PARA UN FELIZ VERANO

  • Deja que entren en ti los rayos de la verdad y de la paz. Serénate un poco con los que, durante el año, has estado tenso en tus relaciones laborales o profesionales.

  • Deja que te tonifique el silencio y la contemplación. Las prisas y el estrés del día a día nos impiden saborear muchas sensaciones que pasan inadvertidas.

  • Despliega la sombrilla del perdón y de la acogida. El verano es un tiempo propicio para que salga a flote lo mejor de nosotros mismos. Las virtudes que solemos disimular o esconder.
  • Dialoga con tu familia. Recupera los vínculos de amistad y de confianza con aquellos que se han debilitado.

  • Reza y da gracias a Dios por la posibilidad del descanso. La fe no admite vacaciones. Somos sus hijos en otoño, invierno, primavera y también en verano. Flaco favor nos haríamos si dejásemos en último lugar nuestro encuentro con Dios.

  • Comparte lo poco o lo mucho que tienes. Siempre hay necesidades a nuestro alrededor. Un consejo, una sonrisa, una limosna, una ayuda física…son formas de hacernos la vida más íntegra y más agradable a los demás.

  • Escucha al que tiene necesidad de ser oído. El descanso del cuerpo lo da también el encontrar un confidente, un amigo, alguien con el cual pensar y hablar en alto. Un amigo así, es un bien escaso. Si tienes un amigo enfermo... visítalo. Es un buen reconstituyente.

  • No dejes la eucaristía dominical. Un domingo sin misa es como un verano sin sol. La Palabra de Jesús nos ilumina y, su Cuerpo, nos fortalece para emprender luego nuestras obligaciones con nuevos aires y nuevo ritmo.

  • No te dejes llevar por el excesivo ajetreo. A veces, de las vacaciones, volvemos más agotados de lo que fuimos. El secreto de un buen verano, no está en el hacer mucho, en el viajar mucho, en el gastar mucho…cuanto en el disfrutar con aquello que, durante el resto del año, no hemos podido llevar a cabo.

  • Renuévate y embellécete por dentro. Hay muchas personas que vuelven a sus hogares bronceados por fuera, pero muy quemados por dentro. Que tú, de alguna manera, seas distinto: tal vez blanco por fuera pero nutrido y fortalecido interiormente.

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