domingo, 26 de junio de 2011

CORPUS CHRISTI OCAÑA




 
Sembró el hombre el trigo.
Brotaron los tallos erguidos.
Floreció y se maduró la espiga.
La segamos y recogimos el grano.
Un molino la hizo harina. Y unas manos la amasaron.
Y unas monjitas hicieron blancas hostias delgaditas.
Un sacerdote las tomó en sus manos,
Y dijo lo mismo que Cristo: “Este es mi Cuerpo que será entregado por vosotros”.
Y lo que era pan se hizo carne. Y se hizo pan de vida.
Y se acercaron los fieles, y comulgaron a Dios en su corazón.
Y se fueron llenos de vida.
Se fueron llenos de amor, porque habían comulgado el Amor.
Y se sintieron todos hermanos.
Porque todos comieron el mismo pan.
Porque todos se sentaron a la misma mesa.
Porque todos se llenaron de Dios.
“El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque todos comemos del mismo pan”.

Algo que comenzó en semilla. Algo que se hizo tallo y espiga.
Algo que se hizo grano. Algo que se hizo harina y pan.
Algo que se hizo cuerpo de Dios.
Una historia que comenzó en semilla.
Una historia que terminó en comunión de Dios con los hombres
Y de los hombres entre sí.

Alguien plantó una viña.
Y comenzaron a crecer los sarmientos
Y comenzaron a brotar los racimos. Y se fueron madurando las uvas.
Y se recogieron los racimos y se trituraron las uvas.
Y mosto comenzó a fermentar hasta que se hizo vino.
Y el vino llegó día al altar a manos del sacerdote.
Y el vino se hizo Sangre, Sangre de Dios en el cáliz.
“Este es el cáliz de mi Sangre de la nueva y eterna alianza
que será derramada por todos vosotros para el perdón de los pecados”.

Y la gente no salió borracha sino que salió portando una vida nueva.
“El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna”.
Y la gente comenzó a sentirse distinta y comenzó a vivir de otra manera.
Se sintió portadora de Dios en su corazón.
Se sintió en comunión con Dios y con todos los hermanos.
Y todos nos vimos como una familia nueva, donde el amor humano se hizo amor divino. Y donde todos vivimos como hijos de un mismo Padre.

Y comenzamos a sentir que la vida de cada día tenía que hacerse Eucaristía.
Que todos teníamos que ser granos molidos y hechos harina para convertirnos también nosotros en pan que entregado y compartido con los demás.
Que nuestras vidas ya no eran nuestras sino que eran vidas al servicio de los demás convirtiéndonos en vida de todos.
Que nuestras vidas eran racimos convertidos vino de nueva alianza entre los hombres.
Que nuestras vidas eran el vino de nuestra sangre derramada cada día en esa lucha y esfuerzo por crear un mundo nuevo de amor, de justicia, de fraternidad y de igualdad.

Lo que comenzó como una historia de vida en los campos, sintiendo los fríos del invierno, el despertar de la primavera y la madurez del verano, se ha convertido ahora en una historia de Dios en el campo de cada alma y de cada corazón.
Lo que comenzó para ser pan y vino en la mesa de los hombres, se ha convertido en el pan y en el vino en la mesa del altar que es la Mesa de Dios, donde los hombres “comen mi carne y beben mi sangre”.
Lo que comenzó en la tierra, ahora se hace historia de vida eterna y de vida de un mundo nuevo, el mundo pascual de Dios.
La Eucaristía comenzó su historia en los campos. Y ahora se hace historia en la vida de los hombres. Se hace historia de salvación y de vida eterna.
Lo que sembraron y plantaron las manos de los hombres, ahora se transforma en Cuerpo y Sangre de Cristo en las manos de Dios.

Clemente Sobrado C. P

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